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estrellas

debemos mantener la mirada curiosa y la capacidad de asombro de los niños

Vivo en Aguascalientes, México, desde 1999. Mi esposa y yo tomamos la decisión de dejar todo – que era mucho, a decir de tantos – en el intento por escapar del congestionamiento, la contaminación y la creciente inseguridad del gigante llamado Distrito Federal y la conflictiva Zona Metropolitana.  A casi dos décadas de vivir en esta tierra, la apuesta resultó  a nuestro favor.  En ese entonces sólo éramos mi esposa; mi hija Paulina, que estaba por cumplir cuatro años; y Juan Pablo, con apenas año y medio.  Con el paso del tiempo, además de la tranquilidad de sus colonias, la cordialidad de su gente y la limpieza de sus calles; y de haber logrado desarrollarnos profesionalmente, en Aguascalientes se dio el nacimiento de nuestro tercer hijo, Mauricio. Puedo afirmar que este lugar ha estado lleno de bendiciones.

Las cosas no fueron fáciles en un principio; sacrificamos nuestros empleos y proyectos personales por un lugar en el que prácticamente no conocíamos a nadie; sin alguna oferta o posición laboral, pero con la seguridad de que nuestra preparación, esfuerzo y el deseo de construir futuro en un lugar con mejor calidad de vida atraerían la buena fortuna, y así fue.  Por la falta de empleo y la mínima (por no decir nula) consulta – acreditar un consultorio lleva su tiempo – pude convivir con mi familia: jugar y dibujar con mi hija, cepillar su cabello después del baño; pero también luchar con mis hijos en la alfombra o hacer “retas” de fútbol.  Mi esposa es caso aparte: es una mujer excepcional, con la que disfruto enormemente compartir mi vida; es hermosa por dentro y por fuera, estimula mi alma y alegra mis días.

Uno de los momentos que más recuerdo ocurrió muy al principio de nuestra llegada, cuando Mauricio aún no nacía.  Esa noche, como muchas otras, salimos a caminar por las calles cercanas a la casa; platicábamos y jugábamos mientras disfrutábamos la frescura de la noche después de un día de intenso calor (como los que caracterizan a este estado).  Mi esposa llevaba a Juan Pablo en la carriola; yo, a Paulina de la mano.  En algún momento mi hija se detuvo y se quedó observando el cielo; al preguntarle qué hacía, respondió: -“¡ay, papito; ya sé por qué no hay estrellas en México!”-, dijo emocionada.  -“¿Por qué, mi amor?”-; pregunte; -“¡Porque todas se las trajeron para acá!”-

Muchas lunas han pasado desde entonces; las calles no son tan tranquilas y seguras como antes, y es evidente que con el notable incremento de la población la afabilidad de la gente ha disminuido; sin embargo, sigue siendo un buen lugar para vivir.  Mi familia también ha cambiado: es la ley de la vida y los años no perdonan; pero nos mantenemos unidos en el amor y el respeto.  La anécdota de esa noche me obliga a no bajar la guardia; me recuerda que por encima de todo, de los problemas, el ajetreo cotidiano y las preocupaciones “de los adultos”, debemos conservar la mirada curiosa y la capacidad de asombro de los niños; debemos permitirnos jugar e imaginar.  Por eso disfruto el amanecer y las puestas de sol; por eso me llena el corazón voltear al cielo y ver las estrellas, y pedir en silencio que no se las lleven a otra parte.

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