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Es triste, pero la violencia y la discriminación no son infrecuentes en los servicios de salud

Realicé el primer año de la residencia en 1992, en el Hospital General de México, orgullo en la historia de la medicina de nuestro país, inaugurado el 5 de febrero de 1905 por el entonces presidente Porfirio Díaz.  Para tener una idea de la magnitud de dicho hospital, baste decir que cuenta con más de 40 especialidades médicas, o que en el se llevan a cabo más de 40,000 cirugías y otorgan más de 800,000 consultas cada año.  A pesar de la persistente falta de recursos y saturación de servicios, el impacto positivo en la salud de las personas, en la generación de conocimiento médico y en el logro de indicadores dentro del Sistema Nacional de Salud es innegable.  Es un enorme hospital escuela, una gran institución que recibe pacientes de todo México.

Fue en el Pabellón de Infectología donde comencé ese primer año, tan fascinante como intimidante.  En ese servicio viví todo tipo de historias y conocí insospechados y a veces desconcertantes aspectos de la condición humana.  Una de esas historias ocurrió en torno a los pacientes con sida.

Varias situaciones te dejaban el corazón hecho trizas, siendo una de las más tristes la enorme cantidad de enfermos y sus familiares que desde las primeras horas de la mañana se instalaban en la sala de espera, a la entrada del pabellón.  Los que tenían suerte se hacían con alguna de las pocas sillas disponibles; los que podían permanecían de pie, a veces por largas horas; los más débiles esperaban sentados o recostados en el suelo.  La escena era la misma todos los días: cuando un médico o enfermera pasaba por la sala de espera era bombardeado por la misma pregunta hecha por la mayoría de los presentes: ¿ya se desocupó una cama?   La pregunta era impactante porque en esa época la principal (prácticamente la única) razón para liberar una de las 12 camas destinadas a pacientes con sida, era que el paciente hubiera fallecido. El primer caso en México se registró en 1983, y a casi una década de distancia el padecimiento era casi siempre devastador, con una alta mortalidad a corto plazo.

El pabellón contaba con 65 camas de las que, como dije, 12 se dedicaban a la atención de pacientes con sida. Dichas camas estaban distribuidas en dos módulos, cada uno con seis camas, cuya entrada daba a un pasillo común.  En uno de mis pases de visita, me llamó mucho la atención que todas las tablas de enfermería (carpetas o tablas con broche que contiene las indicaciones médicas y las hojas en las que se anotan los signos vitales y demás información relevante de cada paciente), en lugar de estar en la cama del paciente, estaban colocadas sobre una pequeña saliente que dejaba la pared y las ventanas de la habitación.  Al revisar el contenido de las hojas de enfermería me percaté de que las cifras de tensión arterial de todos los pacientes eran las mismas durante ese turno (algo que era imposible de creer).  Cuando acudí con la jefa de enfermeras para pedirle una explicación, ella respondió con un tono entre indolente y socarrón:  – no tenemos baumanómetro para ellos –

Es triste, pero la violencia y la discriminación no son infrecuentes en los servicios de salud. Para ellos, es una expresión que se hace evidente, si no de manera verbal, sí en la actitud de muchos médicos que ven interrumpido su sueño para atender en la madrugada a un paciente en estado de ebriedad; o en la enfermera que a punto de terminar su jornada laboral debe aplicar un medicamento para controlar un ataque de ansiedad.  No se trata únicamente del reflejo de la ignorancia, prepotencia, prejuicio, falta de empatía y – quizás – el miedo oculto ante lo desconocido; sino que implica también un riesgo mayor para los enfermos, un obstáculo más para que recuperen su salud.  Se nos olvida que juramos estar siempre y por completo para ellos.


Algunas cifras

En 1983 se reportó el primer caso de sida en México. Desde esa fecha, y hasta el 30 de septiembre de 2014, existía un registro acumulado de 223 mil 995 personas infectadas por el VIH o que habían desarrollado el sida. Para esa fecha, solo 116 mil 936 personas se encontraban vivas, 94 mil 812 habían fallecido y en 12 mil 247 se desconocía su estado de salud.

El 80.2 por ciento de los casos corresponde a hombres y el 19.8 por ciento a mujeres, lo que significa una proporción de 4:1. Por edades, el 2.1 porciento ocurre en menores de 15 años de edad; el 33.5 por ciento en jóvenes de 15-29 años; y el 63.8 por ciento en adultos de 30 años.

Si bien es cierto que el VIH-sida continúa siendo un importante problema de salud pública, también lo es que en las últimas décadas se han reportado importantes avances en el tratamiento y control del padecimiento.  La comunidad científica trabaja arduamente para desarrollar una vacuna y tratamiento efectivos: no creo que falte mucho para que sea realidad.

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