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Si algo aprendí de esas noches de lluvia, grillos y sombras danzantes, es que no debe asustarnos hablar de la muerte

No tenía que ser una tormenta: bastaba con que lloviera con cierta intensidad – y que el viento le hiciera segunda a la lluvia – para que nos quedáramos sin energía eléctrica; y como eso solía ocurrir durante la noche, pues no quedaba más que conversar a la luz de un par de velas.  La escena tenía lugar en la casa de campo que mi padre tenía cuando yo era niño, en la que pasábamos los fines de semana; y era relativamente frecuente en verano, cuando el clima parecía empecinarse por hacernos pasar momentos de reflexión y charlas de hombre a hombre (lo hombre que uno puede ser a los 13 años de edad).

Cuando muera debes cuidar siempre de tu hermano – decía mi viejo firmemente y sin asomo de tristeza – no permitas que nadie los separe. Si tus hermanos mayores te preguntan con cuál de ellos quieren vivir, debes responder que con ninguno: yo he trabajado toda la vida para darles a ti y a tu hermano una casa y el sustento que les permita salir adelante cuando yo no esté.  Aunque ellos estarán para cuidarlos, deberás valerte por ti mismo –

Debo confesar que para alguien que apenas estaba entrando a la adolescencia, escuchar a su padre hablar de ese y muchos otros temas no era del todo agradable: aunque era un hombre mayor no imaginaba que se iría tan pronto; sin embargo, le agradezco profundamente que haya hecho lo posible por prepararme para lo inevitable.  Sus palabras quedaron grabadas indelebles en mi cabeza y mi corazón; tanto, que estoy seguro de que en gran medida pude salir adelante gracias a su ejemplo y enseñanzas: al hablar de la muerte, me entrenaba para la vida.

Los siguientes días después de su partida fueron difíciles de sobrellevar: al dolor y vacío que sentíamos en el pecho, debimos agregar la avalancha de trámites de diversa índole que se nos vinieron encima.  Mi padre estuvo presente en todo momento.  Lo anterior fue más que evidente cuando mis hermanos me pidieron buscar los papeles del Seguro Social: al abrir uno de los cajones de su escritorio lo primero que apareció fue un sobre amarillo, con una leyenda escrita por él mismo que decía: aquí están los papeles del seguro (bien pudo haber dicho – aquí estoy, hijo, todo va a estar bien -, porque fue lo que sentí en ese momento). Ni hablar, era un hombre extraordinariamente previsor.

Si algo aprendí de esas noches de lluvia, grillos y sombras danzantes es que no debe asustarnos hablar de la muerte con nuestros hijos: hacerlo de manera objetiva, firme y elocuente no solo es necesario, sino que permite abrir una puerta de comunicación profunda y altamente significativa con ellos.  No tengamos miedo de mostrarnos como humanos (y, por lo tanto, mortales): quizás no podamos acompañar a nuestros hijos hasta el final de su camino, pero podemos ayudarles a que no se derrumben cuando nos apartemos de él.

Gracias Jefe

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