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El primer contacto con un paciente puede ser engañoso, si nos dejamos llevar por la primera impresión

Carmen tenía 67 años.  Sus hijos la llevaron al hospital porque la encontraron inconsciente, en el piso del baño. Como antecedentes, los habituales: hipertensa y diabética, con un mal control por falta de seguimiento médico y un deficiente apego al tratamiento.  Cuando la recibieron en el hospital ya había recuperado el alerta y, fuera de una discreta debilidad de la mano izquierda, no le encontraron algún otro dato relevante, por lo que habían programado darle de alta para citarla a la consulta externa; sin embargo, una de sus hijas exigió que antes de egresarla la evaluara un neurólogo, así que por esa razón conocí del caso.

El primer contacto con un paciente puede ser engañoso: si nos dejamos llevar por la primera impresión corremos el riesgo de cometer errores significativos; sobre todo en los servicios de urgencia, en los que existe una sobrecarga importante de trabajo y frecuentemente no se cuenta con el tiempo suficiente para explorar exhaustivamente al enfermo.  Nuestro sistema favorece las equivocaciones, y es el paciente quien sufre las consecuencias.

Efectivamente, en términos generales Carmen se encontraba relativamente bien; se quejaba de un discreto dolor de cabeza y la debilidad de su mano izquierda era evidente, aunque no en gran magnitud, pero es en los detalles en donde se esconden los diagnósticos precisos.  Al pedirle que repitiera varias palabras pude percatarme de que sustituía algunas sílabas o cambiaba el orden de las mismas; de igual manera, le era difícil realizar cálculos mentales sencillos.  Lo más relevante se hizo evidente al explorar la sensibilidad y algunas funciones mentales superiores, ya que al tocar su mano izquierda, teniendo sus ojos cerrados, podía identificar perfectamente el estímulo, el lugar de la mano y el dedo que se le tocaba; sin embargo, al tomar su mano y colocarla frente a ella, a unos 20 o 30 cm de su cara, y preguntarle qué era lo que veía, ella respondía completamente convencida: ¡salchichas!

De acuerdo con Fustinioni, la gnosia es la capacidad que posee el individuo para reconocer e identificar estímulos complejos (formas, objetos, dibujos, rostros, segmentos corporales, melodías…) a través de sus funciones sensoriales básicas.  Sus alteraciones reciben el nombre de agnosias, y  pueden ser visuales o somestésicas; es decir, es probable que el paciente no pueda reconocer visualmente objetos o partes de objetos comunes (incluso rostros de familiares o el propio), o le sea imposible identificar mediante el tacto objetos de uso común, como una llave, un clip o una moneda.  En el caso de Carmen, le era imposible reconocer visualmente su mano y relacionaba la forma de sus dedos con algo semejante (salchichas).  Este tipo de hallazgos suele encontrarse en lesiones del lóbulo parietal, lo que se corroboró mediante una tomografía de cráneo que mostró un pequeño hematoma (sangrado) en el hemisferio derecho.

Casos como el anterior nos recuerdan lo complejo y maravilloso que es el cerebro humano. Damos por sentado muchas cosas y poco reflexionamos sobre ello, pero ¡qué importante es la conciencia y percepción de nosotros mismos y de lo que nos rodea!

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