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en la cama

Tal desvergüenza y falta de ética no sólo son inaceptables, sino peligrosas

 

Tirado sobre un sleeping bag, sin espacio siquiera para estirar las piernas, siento el viento frío que se cuela entre las patas de sillas y camas de hospital. Seis enfermos y sendos familiares – yo, entre ellos – tiritando a las tres de la mañana; mientras el canto desentonado del personal de enfermería intenta igualar el del vocalista principal de un grupo de música ranchera venido a menos. Mal momento y pésimo lugar para una sesión de  karaoke.  El volumen de la música compite con la risa y comentarios en doble sentido que nos llegan desde lejos en plena madrugada. Hay en el ambiente una sensación de relajamiento y tensión sexual que son comunes en el turno nocturno.

Un paciente se queja de dolor abdominal, como consecuencia de su reciente cirugía; otro intenta dormir, después de tres noches de concierto similares a esta, bufando molesto por no conseguirlo; y uno más no deja de toser, aunque débilmente, sin que su hijo – que duerme en una contorsión imposible sobre una silla junto a él – se percate de la agonía de su padre. Morirá un día después.

Me levanto, entumido; y me dirijo al fondo de la habitación para cerrar las ventanas. Afuera está lloviendo a cántaros. Adentro, las cosas dependen de uno mismo. Mi hermano duerme, a pesar de todo. Es afortunado porque tuvimos la precaución de traer un par de cobijas; sin embargo, otros no corren con tanta suerte: – ” si quiere cobijas debe apartarlas desde la mañana; porque ya sabe cómo son estos hospitales: en las noches no nos dejan nada ” – respondió, arrogante, un enfermero a un señor de edad avanzada que cuida a su esposa con secuelas de un infarto cerebral. No hay manera de saber si ella se percata de lo que ocurre.  El enfermero regresa apresurado al jolgorio (tal vez es su turno para cantar); y el señor al suelo, impotente, humillado. Nuestras miradas se encuentran por debajo de las camas, y coincidimos en una mueca inconforme: ¡qué se le va a hacer!

Por fin logro conciliar el sueño, a pesar del dolor de espalda y de no sentir los pies; pero el gusto dura poco, porque personal de enfermería, médicos internos y médicos residentes que no vimos en toda la noche, surgen de su escondite a las seis de la mañana, con energía renovada (la algarabía tiene ese efecto reparador). Se lanzan ansiosamente sobre pacientes y familiares, para tomar signos vitales y obtener información que les permita simular – ante sus superiores o compañeros(as) a quienes “entregarán la guadia” – que estuvieron al pendiente de sus tareas. No vaya a ser que se les haga tarde para “checar” la salida.

Mucho que comentar; mucho que aprender y corregir, pero el colmo fue darme cuenta de que un médico especialista (llamémosle así, aunque se me ocurre palabras mas adecuadas) que nunca se presentó a revisar a mi hermano tuvo la desfachatez de escribir una nota en su expediente; en la que, con un desplante de gran imaginación, describió la manera en que lo exploró, los hallazgos que obtuvo y hasta lo que supuestamente habló conmigo. Tal desvergüenza y falta de ética no sólo son inaceptables, sino peligrosas.

No todo fue malo durante la semana que pasamos en el hospital. Afortunadamente mi hermano fue dado de alta sin problema, y conocimos personas sensibles y comprometidas: enfermeras(os), médicos(as) y personal de otras áreas, como trabajo social, camillería e incluso intendencia en quienes era evidente su vocación de servicio; sin embargo, no es fácil estar del otro lado del estetoscopio. Este tipo de experiencias pueden ser bastante aleccionadoras y útiles para el propio crecimiento personal y profesional, pero que ocurran es inadmisible; sobre todo cuando quienes las sufren suelen ser personas de muy escasos recursos, que soportan el maltrato y la desatención estoicamente como si lo merecieran. Es urgente rescatar el sentido humano de nuestra profesión; reconocer en cada paciente a alguien que sufre; que lleva a cuestas una historia de vida que le hace vivir su enfermedad de manera única, diferente a otras personas; pero que comparte con ellas el deseo de sanar y el derecho a ser tratado con respeto, poniendo a su servicio nuestro conocimiento y máximo esfuerzo.

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