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Luis Canché (q.e.p.d.), sacerdote que sin duda influyó positivamente en la vida de gran cantidad de matrimonios y sus hijos (los míos incluidos), comentaba – entre tantas de sus sabias ocurrencias – que cuando antes un niño era inquieto, no ponía atención y molestaba a los demás, se decía que era un hijo de la chingada; pero ahora a todos se les diagnostica con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Con lo anterior, quizás Luis se refería no precisamente a los avances de la ciencia y métodos diagnósticos; tal vez ni siquiera a la mejor identificación, descripción e interpretación de las características clínicas del padecimiento; sino al diagnóstico simplista, a veces infundado, de niños que no necesariamente tienen un trastorno del desarrollo o maduración cerebral, sino que son producto de los problemas de convivencia, el desinterés de padres y profesores, además de la ausencia de límites y consecuencias.

No voy a caer en la tentación de afirmar, como algunos, que el TDAH es un invento que pretende llenar el bolsillo de la industria farmacéutica, psiquiatras, psicólogos, neurólogos y muchos otros especialistas de la conducta y las neurociencias. Es evidente que el trastorno existe y que puede alterar enormemente la vida del paciente y de quienes le rodean; sin embargo, estoy convencido de que el déficit de atención no únicamente tiene que ver con mielina, neurotransmisores y deficientes conexiones nerviosas.

Existe un déficit de atención del que es necesario hablar, y es el que se da en el cuidado de nuestros hijos, en la identificación de signos de alarma de nuestras relaciones, en las grietas y fallas de nuestro matrimonio. Tampoco ponemos demasiada atención en las enormes deficiencias de un sistema educativo en el que se privilegia la memorización sobre el razonamiento, y en donde basta que un estudiante “salga del parámetro” para considerarlo un riesgo y propiciar su salida del colegio, o condicionar su estancia “siempre y cuando se le medique”.

En esta época, en que los medios y alternativas de comunicación han invadido nuestra vida diaria, lo que menos hacemos – sobre todo con quienes más debería importarnos – es, precisamente, comunicarnos. Podemos tener 200 “amigos” en redes sociales y estar más solos que nunca; podemos “chatear” con personas al otro lado del mundo, pero no nos percatamos que nuestro hijo consume drogas, que nuestra hija está pensando escapar de la casa, o que nuestra pareja dejó de querernos hace largo tiempo.

Es este déficit de atención, pero también la hiperactividad de quienes viven y hacen lo de 60 horas en apenas 24, y sacrifican todo por vivir (sufrir) el vértigo de nuestros tiempos, un tema al que deberíamos prestar más atención.

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2 pensamientos en “El otro déficit de atención

  1. Completamente de acuerdo, mi querido Doctor.
    Además de la alienación a la estamos sometidos víctimas de la tecnología, está la falta de movilidad física de los niños, quienes durante siglos investigaron el mundo corriendo libremente por él; trepando árboles, andando en bicicleta, nadando en ríos, cazando renacuajos, etc.
    ¿Cómo canalizan los niños ahora su energía física?
    Con frecuencia pasan demasiado tiempo sedentarios, sin poder encauzar adecuadamente esa necesidad de actividad que, durante milenios, se consideró no sólo adecuada, sino necesaria.

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  2. Exactamente.
    Hoy en dia, todos los problemas de los “niños y jóvenes” deben tratarse con los “padres de familia”, porque ahí es donde se originan.
    Y claro que el TDAH existe pero en aquellos, porque es tan fácil darles una “tablet” o un “smartphone” para que se callen y dejen de estar “chingando”.
    Ese es el verdadero problema.
    Y es que hoy, los “nuevos padres” que tienen a sus hijos en kinder o primero o segundo de primaria, son padres “jóvenes” que tampoco tuvieron la fortuna de tener unos padres que los atendieran.
    Es más, muchos de ellos (me consta) no saben jugar con sus hijos, y simplemente les echan a un lado para que se entretengan, “los gadgets”.
    Saludos.

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