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Los trenes nocturnos tenían magia en el monótono e interminable traqueteo  de ruedas y durmientes, como si conversaran, como si se cortejaran imitando el ruido de las castañuelas

Conforme pasa el tiempo me convenzo más de que pertenezco a una generación privilegiada. Sé que toda época tiene sus encantos, pero – quizás porque es mía – la que me tocó vivir me resulta fascinante.  En mí conviven los tianguis y los grandes centros comerciales; las máquinas de escribir, con cintas perforadas por tantos golpes y dedos atrapados entre las teclas, y los teléfonos de última generación; las cartas y los timbres postales (con la espera interminable de una respuesta a vuelta de correo), pero también la videoconferencia y el Internet; las sillas de mimbre en los portones y los chats en donde uno platica con amigos que no lo son, de cosas que a nadie le importa.  Los de mi generación somos testigos y voceros de una historia que no merece morir; que estamos obligados a contar.  Somos el puente entre los que se fueron y los que vendrán, y más nos vale no olvidar; más nos vale atesorar y compartir los recuerdos de una vida quizás más sencilla, con menos tecnología pero más contacto humano.

Entre los recuerdos más vivos del niño que todavía soy están los trenes, cuando con mi familia viajábamos a Guadalajara para visitar a parientes y amigos muy queridos. Lo hicimos en muchas ocasiones; todas tan parecidas, todas tan distintas. La aventura comenzaba siempre de noche, porque el trayecto nos tomaba 12 o 14 horas. Me gustaba el bullicio de la terminal y los silbatos que anunciaban la salida; los señores que revisaban y perforaban los boletos, llenando el suelo de confeti. Disfrutaba correr por los pasillos, tan estrechos que apenas cabían dos personas al mismo tiempo; pasar de un vagón a otro hasta llegar al carro-comedor, en donde (no sé por qué lo tengo tan grabado) servían piezas pequeñas de pan y un chocolate caliente muy sabroso.  Lo mejor eran los camerinos, sobre todo cuando te asignaban los que quedaban a la mitad del convoy, porque si al rodar por una curva pegabas tu mejilla a la ventana podías ver cada uno de los extremos: la potente locomotora en uno, y el discreto – y a veces elegante – cabús al final del enorme gusano de acero.

Los trenes nocturnos tenían magia en el monótono e interminable traqueteo  de ruedas y durmientes, como si conversaran, como si se cortejaran imitando el ruido de las castañuelas; en las historias de fantasmas, alimentadas por la luz de la luna que se filtraba por la ventana; en el ir y venir al enganchar o desenganchar un vagón; en el cuchicheo de los de la cama de arriba para dejar dormir a los de la cama de abajo, todos apretujados en la litera; en las siluetas de viajeros trasnochados que se distinguían apenas entre la neblina de la madrugada, en la estación de un pueblo que nunca se enteró de que la Revolución ya había terminado; en las estrellas, miles de estrellas que acompañaban tu camino como lejanas luciérnagas; magia que sólo terminaba con dos golpes en la puerta y gritos anunciando la próxima llegada a nuestro destino.

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