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Imposible que con los medicamentos del cuerpo curemos las enfermedades del alma

 

Se llama Consuelo (como si la vida hubiera querido gastarle una mala broma), y tiene 84 años. Acude a mi consulta desde hace tiempo, aunque la he visto apenas un par de veces: la saturación de los hospitales públicos provoca un diferimiento de citas que en nada ayuda al correcto seguimiento de los pacientes. Siempre la acompaña una de sus hijas, que por lo menos en la consulta parece estar sinceramente preocupada por la salud de su madre; y es que Consuelo vive prácticamente sola, con una hija que sufre retraso mental y un hijo alcohólico y drogadicto. Con las obvias limitaciones de su edad, aunadas a la artritis y la desnutrición, alimenta, asea y atiende en todas sus necesidades a su hija; y soporta callada la violencia, ausencias y tropelías de su hijo.

Consuelo sufre, además del problema articular, de insomnio crónico, gastritis, cefalea (dolor de cabeza) y un severo trastorno ansioso depresivo.  La enviaron conmigo “para hacerle estudios y darle tratamiento para los dolores de cabeza”; sin embargo, es imposible que con los medicamentos del cuerpo curemos las enfermedades del alma.  Como es comprensible, sus diferentes tratamientos solo consiguen atenuar un poco algunos de los síntomas, pero cuando la causa permanece en casa cualquier intento está destinado al fracaso.

Consuelo está hecha con el barro de antaño, con la madera de las mujeres que en nuestra cultura prefiere morir en la raya que pedir ayuda, que convertirse “en una carga” para las hijas que le han ofrecido recibirlas en su casa; liberándola del hijo enfermo de sí mismo, atrapado en un viaje sin regreso; sin embargo, no acepta separarse de él, anteponiendo su “deber de madre” a su salud y seguridad.

No es fácil brindarle consuelo a Consuelo cuando no parece haber salida posible; sobre todo cuando llora amargamente por saberse cerca del final y no poder seguir al pendiente de sus niños.  Hay ocasiones que como médicos, sólo nos queda rezar por nuestros pacientes.

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2 pensamientos en “Sin salida

  1. Y nos queda también ser la mejor versión de persona que podamos ser, y así tratar de formar a quienes siguen de nosotros, por que creo que nuestros actos tienen siempre una repercusión en los demás…. y que sé yo si algo de mis actos tenga que ver con la situación que vive “esta” Consuelo, o alguna otra Consuelo.
    Gracias amigo por esta reflexión.

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