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En dos segundos tomas tu primera bocanada de aire al nacer, te enamoras y pierdes la vida

 

El congestionamiento era particularmente denso.  Algo ocurrió; eso era seguro.  A esa hora de la mañana no es habitual avanzar a vuelta de rueda.  El conductor del vehículo estacionado a mi derecha, con cara de pocos amigos.  A mi izquierda, una mujer texteando frenéticamente; quizás notificando a su jefe que llegaría tarde.  En el retrovisor, una señora discutiendo con su hija adolescente, que sin mirarla mantiene una mueca de fastidio.  Pasan los minutos y apenas nos hemos movido unos metros; me siento inquieto por saber qué pasó, pero también molesto: otra vez llegaré tarde al trabajo a pesar de salir de casa puntualmente.

Por fin; el crucero en donde debo dar vuelta para dirigirme a mi trabajo aparece poco a poco, como no queriendo.  El sol no se anima a despertar del todo. A lo lejos, las luces rojas y azules de una patrulla confirman que algo no está bien.

Un cuerpo, cubierto con una sábana blanca.  A 15 metros de distancia, un tenis de mujer y, entre ambos, un par de molduras y otras partes vehiculares que no alcanzo a distinguir.  Sobre el camellón central, un policía y varias personas que intentan calmar a un muchacho, que llora devastado y balancea su cuerpo incesantemente.

Las noticias dirían, varias horas después, que el conductor de un vehículo gris ocasionó la tragedia.  Testigos declararon que la víctima, una estudiante universitaria, esperó prudentemente a que el semáforo le diera el paso; pretendía llegar a la parada del autobús.  El irresponsable nunca frenó cuando el ámbar del semáforo le puso en alerta; tampoco cuando el rojo le ordenó detenerse. En lugar de ello se lanzó a toda velocidad y encontró de frente a la chica que salió proyectada por el brutal impacto.  Vehículo en fuga, una vida menos, una familia rota, el amigo de la estudiante marcado de por vida y un asesino en las calles (quizás huyó de la escena, pero nunca podrá escapar de ella).

Dos segundos son suficientes para cambiar tu vida.  En dos segundos tomas tu primera bocanada de aire al nacer, te enamoras y pierdes la vida.  Una descuido, un parpadeo, un suspiro para quedar tendido en un crucero.  Sucesos como éste me conmueven profundamente; me recuerdan lo efímera que es la vida; la importancia de cuidarnos y respetarnos en lo individual, pero también en lo colectivo; de observar las reglas básicas de convivencia y no olvidar que cada conducta, cada decisión, conlleva una consecuencia.

Descanse en paz.

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