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Como si viajáramos por un caleidoscopio, al final nos encontramos con una explosión de colores que entre fachadas, macetas y baldosas nos dieron la bienvenida

 

Algo de mágico debe tener un lugar si para llegar a él es necesario meterte en la tierra. Así es Guanajuato, ciudad que bien podría ser un pañuelo que alguien dejó caer del cielo, adoptando formas caprichosas entre cuyos pliegues se esconden lugares mágicos y acurrucan momentos importantes de la historia de México.

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Llegamos por una carretera angosta y bastante juguetona; una serpiente vertiginosa de curvas que hipnotizan, hasta la boca de un túnel en la base de uno de tantos cerros que acarician la ciudad.  Como si viajáramos por un caleidoscopio, al final nos encontramos con una explosión de colores que entre fachadas, macetas y baldosas nos dieron la bienvenida.  No más de un kilómetro, y nuevamente bajo tierra; pero ahora por mucho más tiempo. Con razón los cerros se muestran entre altivos y orgullosos: ¡con tanta vida que llevan dentro! Los túneles, repletos de autos, motocicletas y peatones; ¡paradas de autobús!, anuncios comerciales y multitud de señalamientos de tránsito que apenas pueden verse por la lluvia de folletos con los que un ejército de promotores intenta convencerte de contratar recorridos por los lugares emblemáticos o de interés turístico.  Cualquiera que piense que la ciudad es una algarabía, se sorprendería del bullicio que tiene en sus entrañas.

Las calles son un constante carnaval; fiesta que debes recorrer a pie aunque termines con dolor en todo el cuerpo.  Escalinatas interminables que te llevan a más escalinatas. Casonas y callejones con aire colonial, llenos de presente, en los que – de tan estrechos – el viento presume sus dotes de silbador, llamando a los plateros que hace siglos sentaron aquí sus reales.  Balcones de casas vecinas, con barandales que casi se tocan, como enamorados; testigos callados del amor de Doña Carmen y Don Luis,  que terminó en tragedia en la Leyenda del Callejón del Beso.

Cansados, pero felices, terminamos el día apretujados en un balcón: ¡qué bien sabe, en familia, el último café del día!

Hasta siempre, Guanajuato.

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