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El festejo del Grito de Independencia es, como muchos pasajes de nuestra historia oficial, un invento populachero no sin cierto grado de imaginación

Hoy se celebra el natalicio de Porfirio Díaz, a quien en los festejos de 1896 se le ocurrió la brillante idea de tañer hasta la sordera la campana de la iglesia de Dolores que había mandado traer del actual Estado de Hidalgo a Palacio Nacional.  Abajo, en la gran plaza pública, el pueblo celebrando el cumpleaños de uno de los personajes más emblemáticos y polémicos de la historia de nuestro país (y cuya memoria, en mi opinión, no ha sido reconocida con la justicia que merece).

Según diversos autores, entre los que se cuenta Armando Fuentes Aguirre (el famoso “Catón”, con su serie de libros sobre La otra historia de México); o, más recientemente, en la publicación de Luis González de Alba en la revista Nexos “Mentiras de la Independencia“, la noche del 15 de septiembre de 1810, a las 11 de la noche, “no ocurrió nada, absolutamente nada. El virreinato durmió plácidamente y en su mayor parte tuvo un plácido domingo”.  Todo apunta a que Grito de Independencia es, como muchos pasajes de nuestra historia oficial, un invento populachero no sin cierto grado de imaginación; uno de tantos acontecimientos adornados con matices que van de lo cursi a lo verdaderamente heroico, de la tragedia a la exaltación de héroes nacionales a los que únicamente hace falta atribuir poderes mágicos.

Muchos podrán pensar que muy poco hay que celebrar la noche de hoy.  Nuestro país parece no encontrar rumbo (valdría la pena preguntar en dónde están los capitanes). De tan frecuentes, las malas noticias se vuelven invisibles; como si formaran parte de la inevitable realidad, propias de nuestra raza (es cultural, dicen algunos con aires de grandeza e inmensa sabiduría, dando por cerrado el caso); sin embargo, no estoy de acuerdo.

Hoy por la noche pondré grande el pecho y gritaré con fuerza.  No lo haré por el México de la duda,la desconfianza, la violencia, y la incompetencia de sus gobernantes; tampoco por el de la desigualdad y el hambre: nada que celebrar por ese país que tanto duele y por el que hay tanto que hacer.  Pediré que viva el México de mis padres y el de mis abuelos, el de mis hijos; el que navega en trajineras y se llena de energía en la pirámide del sol; gritaré por mi hogar, por el México en el que me enamoré; por el que huele a pozole, tamales y tierra mojada; el que te empapa el alma con tequila y se enreda en tu  cabello como papel picado.

No me importa si la historia que aprendimos no es exacta, y si para la mayoría se limita a lo que interesada y paternalmente el Estado incluye en los libros de texto; mi México merece lograr su verdadera independencia, no de una fuerza extranjera, sino de las ataduras que le impiden despuntar como una gran nación: ¡Viva México!

 

 

 

 

 

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