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-¡Deja de llorar o te sales del cuarto!”-

Ante mis ojos de adolescente de 16 años mi padre siempre fue una persona sana e invencible. No es que a sus 77 años no tuviera problemas de salud, pero éstos siempre se resolvían con medidas generales o períodos cortos de tratamientos relativamente comunes.  El buen humor y la energía siempre le caracterizaron, así como su deseo de aprender: era un autodidacta consumado.  Por las mañanas hacía ejercicio en su recámara y varios días de la semana dedicaba por lo menos dos horas a estudiar el idioma inglés.

Pasábamos los fines de semana en una casa de campo, cerca de Cuautla, Morelos. Era una delicia verlo trotar pausadamente alrededor de la alberca o dar largas caminatas por el fraccionamiento para después, satisfecho, sentarse a la sombra de un árbol y disfrutar la tarde con una “cubita” en la mano,  ver jugar a sus hijos y nietos, y esperar las puestas de sol que tanto le gustaban. Por eso, cuando ese medio día de mediados de junio de 1983 le encontré quejándose y con náusea pensé que algo no estaba bien, y mi sospecha se transformo en certeza absoluta cuando me pidió llamar a un doctor; lo que, en una época en la que no existían los teléfonos celulares y los directorios digitales, resultaba lento e ineficiente por decir lo menos. Varios intentos: imposible localizar a su médico de cabecera; el teléfono de su consultorio siempre me dejó en tono de espera: la hora de la comida, quizás.  Le llamé a una de mis hermanas y ella acudió a casa para llevarlo al hospital; el trayecto nos pareció eterno a pesar de que estábamos a no más de cinco kilómetros de distancia.

Dolor en el pecho que se extendía hasta el cuello, hombro y brazo izquierdos; náusea y vómito, sudoración profusa y un evidente ataque al estado general.  El cuadro no podía ser mas que un infarto (incluso un alumno del segundo año de preparatoria podía darse cuenta de ello); pero no fue eso lo que pensó el médico que nos recibió en urgencias: en lugar de ello, de manera insistente y necia, repetía las mismas preguntas: -“¿Tomó algo frío?; ¿salió al aire frío desde un lugar caliente?; ¿está seguro de que no ha tenido gripe?”-  Es difícil precisar cuánto tiempo tomó el interrogatorio inútil, pero el médico parecía empeñado en hacer entrar los síntomas y condiciones de mi padre en un cuadro gripal o neumónico, cuando era evidente que estaba a punto de colapsar. Desesperado y sin saber qué hacer, salió de la habitación con un parco -“permítanme tantito”-; situación que aprovechó mi padre para decirme las que serían sus últimas palabras: -“¡sácame de aquí porque este pendejo me va a matar!”-  Omitiré detalles de lo que ocurrió después, pero en algún momento el médico que “atendió” a mi padre me dijo en voz alta y con tono arrogante -“¡deja de llorar o te sales del cuarto!”-: dejé de llorar. 

Este 23 de octubre celebramos en México el Día del Médico, tal como ocurre desde 1937, cuando  la otrora Convención de Sindicados Médicos Confederados de la República Mexicana fijó esta fecha para hacerlo coincidir con la creación del Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833, antecedente de la actual Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).  Mucho que celebrar, por los(as) grandes médicos(as) y los innegables avances de las ciencias de la salud en nuestro país y el mundo; sin embargo, es también una fecha propicia para reflexionar sobre el papel que juega el médico en nuestro tiempo, y sobre su compromiso social y el de las escuelas y facultades de medicina por lo que hace a la preparación de futuros profesionales de la salud.

Tristemente, ejemplos como el que narro en párrafos anteriores no son la excepción sino lo cotidiano en muchos rincones de México.  Es evidente que soy más sensible a ellos por haber vivido varios en carne propia, pero aunque no hubiera sido así, como médico, la vida diaria en el medio sanitario me enfrenta constantemente a situaciones similares.  Los errores médicos ocurren. No se trata de anécdotas que despiertan el asombro y el morbo en una reunión de amigos; las que se cuentan en voz baja y desviando la mirada en los vestidores de un quirófano, o en en el comedor de algún hospital. Son momentos de alto impacto en la vida de las personas que participan en él, tanto pacientes como médicos; lo mismo familiares del enfermo como el personal de salud relacionado directa o indirectamente con el caso y, por supuesto, en la sociedad y nuestro sistema de salud en su conjunto.

Definimos error médico como la conducta no intencionada (ya sea por omisión o por comisión) que lleva a un resultado no deseado para el paciente (1); fallas en la ejecución de una acción determinada, o la decisión (diagnóstica, terapéutica) inadecuada para lograr un objetivo (2); o bien la desviación en el proceso de atención que puede o no causar daño al paciente (3), pudiendo ocurrir éstos a nivel individual o sistémico (institucional). Las instituciones de salud son responsables, aun cuando el error y la negligencia sean atribuibles al médico, por no contar con procesos adecuados de selección, capacitación, evaluación y acreditación de personal; sin olvidar que muchos errores quedan ocultos en los rincones y laberintos del sistema, o se minimizan y hacen a un lado cuando salen a la luz.  

De acuerdo con la reciente publicación de los doctores Martin A. Makary y Michael Daniel, en la prestigiosa revista médica The British Medical Journal (disponible aquí) los errores médicos podrían ocupar el tercer lugar dentro de las principales causas de muerte en los Estados Unidos. A decir de estos investigadores, cada año entre 200,000 y 400,000 podrían evitarse, ya que se relacionan directamente con errores médicos. Ello es equivalente a cuatro veces el número de personas que caben en el Estadio  Azteca. Las causas son multifactoriales; sin embargo, si dejamos de lado las variables institucionales (instalaciones y equipamiento deficiente o insuficiente, saturación de servicios, desabasto de medicamentos y material de curación, etc) y hacemos caso de los reportes de organismos como la Comisión Nacional de Arbitraje Médico, que afirman que por lo menos el 80% de las quejas de los servicios de salud tienen que ver con una mala relación médico paciente; ocasionada, las más de las veces, por una mala comunicación, no resulta difícil afirmar que si fortalecemos este rubro y lo complementamos con otros elementos de factor humano (capacitación y evaluación, motivación, empatía, toma de decisiones, por ejemplo) podríamos constrir una mejor realidad para quienes más nos necesitan.

Es imposible saber si con otro médico, o en otro hospital y circunstancias mi padre se hubiera salvado; probablemente no; es inútil quebrarse la cabeza con esta idea, sin embargo, esta fecha es propicia para reflexionar sobre la magnitud de nuestra responsabilidad; renovar nuestro matrimonio con esta profesión tan llena de alegrías, pero también de malas noticias (como la vida misma); y definir si somos (y si estamos formando) médicos por vocación y no por equivocación. Tal vez de esa manera, poco a poco, logremos tener menos manchas negras en nuestra bata blanca.


1) Leape LL. Error in medicine. JAMA 1994;272:1851-7. doi:10.1001/jama.1994. 03520230061039 pmid:7503827., 2) Reason J. Human error. Cambridge University Press, 1990. doi:10.1017/ CBO9781139062367., 3) Reason JT. Understanding adverse events: the human factor. In: Vincent C, ed. Clinical risk management: enhancing patient safety. BMJ, 2001:9-30
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